Vaya por delante que no me gustó el debate de ayer. No me gustaron ninguno de los 2 personajes que hablaron, es más, tampoco me gustó el presentador. Sé que estaba en su papel, así que entonces no me gustó el papel que tuvo que ejercer. Vamos, que ayer no se debatió y nos quedamos todos como estábamos: en paro, deshauciados, ayudando a los bancos, rebajando el despido, recortando en educación...

Pero hubo algo que me despertó del letargo. Sé que es una anécdota entre los grandísimos problemas que tenemos encima, pero escuchar al que con casi toda seguridad será el presidente de este nuestro querido país, decir que sus compañeras de partido son unas mujeres de su casa, que cuidan a sus hijos y que también trabajan, me produjo desazón y cabreo. La culpa es mía por creer que las cosas están cambiando y por hacer oídos sordos cuando escucho por la calle decirle a un niño: "deja eso, que es rosa y es de niñas", cuando oigo chistes que menosprecian a las mujeres, cuando en todos los anuncios de comida o productos de limpieza siempre cocina y limpia la mujer, cuando en la prensa hacen un repaso minucioso de la ropa de la ministra de turno y del ministro se habla de su gestión, cuando ponen mala cara a los padres que llevan a su hijo o hija a la guardería al terminar la escedencia...
Podría seguir un buen rato y seguro que si agudizamos el oido y abrimos vien los ojos, todos podemos ver y escuchar pequeñas cosas que van sentando las bases de la educación de los más pequeños y no en la mejor línea.
A ver si se enteran los que se tienen que enterar, que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos, que niños y niñas pueden compartir juegos, que chicos y chicas deben ser tratados igual. Y esos que se tienen que enterar, somos nosotros, todos nosostros.